El Fuego Arderá Continuamente en el Altar

En el libro de Levítico, capítulo 6, verso 8 en adelante, Dios indicó a Moisés, que mandara a Aarón y sus hijos, como sacerdotes, a que siguieran las indicaciones de la Ley del Holocausto. El holocausto debía estar toda la noche y hasta la mañana en el fuego.

Así mismo, la instrucción es que el fuego debía estar encendido en el altar. El sacerdote debía estar colocando la leña para que el fuego se mantuviera constantemente encendido. Es un mandato de Dios.

En el verso 13 dice: “El fuego arderá continuamente en el altar; no se apagará” (Levítico 6:13). Los sacerdotes debían velar porque el fuego se mantuviera encendido.

Un método antiguo para encender el fuego era hacer chispas con el golpe de algunas piedras. Esa chispa luego se dirigían hacia algunas piezas de madera y el fuego comenzaba a generarse. Y la leña se añadía para hacer un fuego más grande y continuo.

Aplicando esta analogía, sabemos que nuestra piedra angular es Jesucristo, el verbo hecho carne, la palabra viva que nos da vida, una vida plena y vida en abundancia.

La chispa que nos genera es la que enciende el fuego del Espíritu Santo en nuestras vidas. El fuego que se debe mantener siempre encendido en nuestras vidas. Nosotros, el pueblo redimido por la sangre derramada en la cruz, como reyes y sacerdotes en el reino de Dios, tenemos el mandato que cumplir de mantener ese fuego encendido, porque escrito está que “el fuego arderá continuamente en el altar; no se apagará”.

¿Y qué de la leña que mencionan las Escrituras? La leña son todos aquellos en quiénes debe arder el fuego del Espíritu Santo. Son todas aquellas vidas que necesitan ser ministradas constantemente por la presencia gloriosa de Dios. Incluidos nosotros mismos, nuestras familias, esposas, hijos, miembros de nuestras casas; así mismo nuestros vecinos, amigos, compañeros de escuela y de trabajo; nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros hijos y nuestros nietos, de generación en generación.

“Generación a generación celebrará tus obras,
Y anunciará tus poderosos hechos.” (Salmos 145:4)

Mantengamos vivo el fuego, porque debe arder continuamente en nuestras vidas; como sacerdotes es nuestro deber para nosotros y con las futuras generaciones que vienen por delante. Somos templo y morada del Espíritu Santo; su presencia arderá continuamente en nosotros.

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