Somos Luz

Somos Luz

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.”
– Mateo 5:16

Jesús nos dijo que somos luz en este mundo. Y también nos dijo que nuestra luz alumbre delante de los hombres, de manera que las obras que hagamos sean vistas, y glorificarán estas obras a nuestro Padre celestial.

Pero, ¿cuál es la implicación de que seamos luz y que alumbremos a los demás?

Con esta afirmación, Jesús se refería a que en nosotros está la misma luz con la que él mismo alumbraba. Y es que Jesús, siendo Hijo de Dios, alumbraba con luz de Dios, ya que Dios es luz: “Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1 Juan 1:5).

El mismo Espíritu que estaba en Jesús, ahora está en nosotros. Por ello Jesús ascendió a los cielos, para que el Espíritu Santo bajara y morara en aquellos que le recibieron.

Jesús nos afirmó algo que es muy poderoso. En ese mensaje, Jesús nos dijo: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mateo 5:14a). Esa misma luz de Dios, a través de la gloriosa presencia del Espíritu Santo, es la que ahora está en nosotros y por ello somos luz en este mundo así como Cristo es la luz que alumbra en nuestra vida.

Al ser luz en este mundo, no podemos esconder esa luz, sino que por lo contrario, debemos hacer que alumbre a todo lugar que vayamos. “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa” (Mateo 5:14,15).

La luz de Dios que está en nosotros debe ser reflejada en todo lugar. Como hijos de Dios, estamos llamados a alumbrar en todo lugar con esa misma luz, de manera que el Padre sea glorificado por nosotros y nuestras obras. Nuestra luz debe alumbrar en todo momento; somos como un faro que debe alumbrar en el camino a las demás personas, mostrando en nosotros la semejanza con nuestro Padre celestial, y el necesitado pueda encontrar su salvación por nuestra luz.

Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él (1 Juan 1:5). Y si la luz de Dios, es esa misma luz que se alumbra a través nuestro, tampoco habrán tinieblas que se opongan a esa luz de Dios en nosotros.

Como luz del mundo, es nuestro deber alumbrar con esa luz a las demás personas, y por nuestras obras seamos conocidos, de manera que sea glorificado nuestro Padre que está en los cielos. Es nuestra asignación ser luz donde quiera que vayamos. Y al estar en nosotros la luz de Dios, tomaremos posesión de todo lugar que haya estado en tinieblas, porque toda tiniebla retrocederá y no tendrán parte donde estén los hijos de Dios alumbrando con su luz.

Sean conocidas nuestras obras, para honra y gloria de nuestro Padre celestial. Y como Jesús nos mandó, debemos ser luz en este mundo que alumbrará donde quiera que estemos. Brille la luz de Cristo como estrella radiante en nuestras vidas, que sea como la luz que necesitarán muchos para salir de la oscuridad en la que han permanecido. Por gracia y favor de Dios, la luz de Cristo alumbre en nuestras vidas desde ahora y por toda la eternidad.

Hijos de Dios

Hijos de Dios

“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios;”
– 1 Juan 3:1a

El amor de Dios ha sido manifiesto en este mundo, por la obra grande y maravillosa que nuestro Padre celestial ha hecho por los siglos para con nosotros. Durante las diferentes edades y generaciones del hombre, hemos visto cómo siempre el amor de Dios está presente en cada etapa de nuestras vidas. Tanto nuestros antepasados como nosotros mismos lo hemos visto, así como nuestras futuras generaciones también serán testigos del amor de Dios en sus vidas.

El Padre siempre ha demostrado su amor. Durante toda la historia hemos visto a Dios manifestando su gran amor y misericordia hacia la humanidad. Y aún más claro fue demostrado esto cuando envió a su Hijo unigénito, para que muriera por nosotros, por nuestros pecados, y comprara nuestra salvación al invaluable precio de su propia sangre.

Es por esta obra de sacrificio en la cruz, que nosotros fuimos también crucificados. Y allí quedó nuestra vieja naturaleza. Pero fuimos levantados junto con él en la resurrección, y por haber creído en él, Jesucristo, y recibirle a él como único y personal salvador, es que ahora somos llamados también hijos de Dios.

Como lo apunta el autor de esta epístola, 1 Juan 3:1 en la primera parte del verso: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios”. Esta justicia no ha sido ganada por nuestra propia obra, sino por la obra de Jesús para lograr la salvación para nosotros. Jesucristo nos justificó porque fuimos lavados y limpiados con su sangre.

Pero como hijos de Dios, se debe manifestar nuestra herencia de hijos en nuestra vida diaria. Al ser semejantes a Dios, como hijos, debemos reflejar al Padre en nuestra vida. Y siendo el puro, también debemos buscar purificarnos a nosotros mismos, por la obra del Espíritu Santo en nuestra vida. “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:3).

Esta purificación conlleva a buscar permanecer en él en todo momento. Y al permanecer en él, lograremos vencer a la vida de pecado que antes nos condenaba. “Todo aquel que permanece en él, no peca” (1 Juan 3:6), y “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios” (1 Juan 3:9).

También, como hijos de Dios, estamos llamados a practicar la justicia y el amor a nuestros hermanos. A diferencia de los hijos del diablo, debemos hacer manifiestas nuestras obras, por las cuales los demás podrán ver que somos hijos de Dios. “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: Todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios. Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros” (1 Juan 3:10,11).

Como hijos de Dios, estamos llamados a guardar sus mandamientos, y mostrar el amor del Padre como hijos que somos. “Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado” (1 Juan 3:23).

Por tanto, al permanecer en el Padre como hijos, el amor de Dios se manifestará a través de nosotros, y los demás podrán también recibir de ese amor de Padre, el amor de Dios hacia todo aquel que necesita de su presencia. Siendo hijos de Dios, estamos llamados a amarnos unos a otros, como Dios nos amó desde un inicio.

Ven a Cristo

Ven a Cristo

En la vida de un hombre y de una mujer, se toman una infinidad de decisiones, desde las decisiones más triviales, hasta las decisiones cuyo resultado marcarán toda una vida. Preguntas en nuestra mente como ¿qué voy a estudiar?, ¿qué quiero ser en esta vida?, o ¿con quién me voy a casar?, son de las preguntas más frecuentes, que requieren tomar una decisión muy importante que definirá nuestro futuro.

Sin embargo, la decisión más importante que podemos tomar en el transcurso de nuestra vida es creer en el Señor Jesucristo, recibirle como nuestro único y suficiente Salvador, y hacerlo Señor de nuestra vida.

La decisión más importante para el ser humano es entregar su vida en las manos de Dios, a través del Señor Jesucristo, por la obra maravillosa que él hizo en la cruz, y porque pagó por nuestros pecados con su propia sangre. Esta decisión es la que marcará permanentemente nuestras vidas, haciendo que comience nuestro caminar hacia la vida eterna y vida en abundancia, siguiendo los pasos de Cristo.

Tomar esta decisión requiere la determinación de seguir a Jesucristo. Una vez iniciado el camino, no volvamos nuestra mirada atrás, sino que sigamos con los ojos puestos en Jesús, con la plena confianza de él estará con nosotros hasta el fin del mundo (Mateo 28:20).

En el momento de tomar esta decisión, en nuestra mente hay pensamientos que nos detienen. Palabras surgen en nuestra cabeza, como “no estoy preparado”, “no soy digno”, “no tengo lo que se requiere”, “no soy un santo”, “no soy como los cristianos que conozco”, “no soy bueno”, y otra gran cantidad de pensamientos negativos que nos detienen a tomar la mejor decisión de nuestras vidas.

Nunca habrá un mejor momento para aceptar a Jesucristo como nuestro Salvador y Señor como el AHORA.

No podemos detenernos a pensar que habrá otro día para aceptar a Jesús. Es posible que estemos postergando esa decisión para otro momento. El mejor momento es ahora mismo.

Si creemos que algún día estaremos listos, porque seremos mejores personas, seremos más santos o porque ya no caeremos en pecado, ese día nunca llegará. Sin Cristo nunca llegaremos a ser santos y puros para Dios. Sin Cristo no tendremos salvación ni vida eterna.

Nuestra conciencia puede acusarnos de no ser dignos, y no ser capaces de llevar la vida cristiana. Pero no se trata de estar listos para ese momento, o de estar limpios, sin mancha y sin pecado para recibir a Jesús. Por el contrario, podemos aceptar a Jesús no importando la condición en la que estemos, porque una vez que tomamos la decisión y la determinación de seguir a Cristo, el mismo Señor nos ayudará en nuestro caminar para que nos santifiquemos y preparemos para el día que el Señor venga por su iglesia.

Jesucristo estará con nosotros en todo momento. El Señor nos ayudará en todo el camino, nos levantará cuando caigamos, nos sostendrá mientras caminemos, y nos dará las fuerzas para seguir adelante cuando sintamos que ya no podemos continuar caminando. Porque Jesús nos dijo que estará con nosotros hasta el fin del mundo.

Dios solamente requiere que demos el primer paso: Que tomemos la decisión de venir a Cristo. Luego, Dios se encargará de hacer el resto, y nos preparará para ese día glorioso en que nos encontraremos con nuestro Señor.

Amado lector: ¿Ya tomaste la decisión de venir a Cristo? No importa cómo vengamos, de dónde vengamos ni nuestro pasado. Él nos recibe tal como somos.

Así que, no lo pienses mucho: solo VEN A CRISTO.

Buscar el Reino de Dios

Buscar el Reino de Dios

“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” – Mateo 6:33

En este pasaje de la palabra de Dios, Jesús predicaba acerca del afán y la ansiedad. Muchas veces en nuestra vida, cargamos con preocupaciones, estrés, presiones diarias que nos hacen permanecer en un estado constante de incertidumbre, quitándonos completamente la paz.

Jesús nos hace ver en este pasaje que Dios está en control de las cosas. Pero, nosotros en nuestra naturaleza humana no descansamos en Dios, y queremos tomar las cosas en nuestro propio control. Esto genera un desgaste físico y mental, y nos puede llevar a permanecer en ese afán y ansiedad a los que Jesús se refería.

En su mensaje, Jesús nos hace ver cuánto valemos para nuestro Padre Celestial. En su comparación, nos dice que Dios cuida de las aves del cielo, y provee para la belleza de los lirios del campo. Y no es que no sean importantes para Dios, porque de otra manera no proveería del alimento para las aves, o de los nutrientes para los lirios para hacerlos crecer en hermosura. Por ello, nos reafirma nuestro valor cuando pregunta “¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” (Mateo 6:26).

Dios está en control de las cosas. Jesús nos dice que con nuestra preocupación no haremos mayor cosa que consumirnos en nuestro afán y ansiedad. Debemos hacer un esfuerzo genuino en hacer lo que está a nuestro alcance; pero debemos aprender a dejar en manos de Dios todo aquello que se va más allá de nuestro control, y aprender a depender de Él en esas circunstancias difíciles.

Por otro lado, Jesús nos da la clave para saber qué hacer en estas situaciones. En el verso 33 nos dice, “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” (Mateo 6:33).

Buscar el reino de Dios puede representar muchas cosas. Entre ellas podemos enumerar las siguientes:
• La oración.
• La lectura de la palabra de Dios.
• El ayuno.
• La alabanza y adoración.
• El servicio a Dios y a la iglesia.
• El servicio a los demás.
• Las tareas de evangelismo y discipulado.
• Y muchas otras, en fin, todo lo que pueda representar nuestro amor y dedicación a Dios y su reino de justicia.

Jesús nos dice que es más importante buscar el reino de Dios. Y las demás cosas por las cuales podríamos pasar necesidad, Dios suplirá para cada una de ellas. Dios conoce nuestras necesidades, y Él estará allí para proveer sin que nada nos falte.

Y es en esa búsqueda del reino de Dios donde podremos encontrar la solución a nuestro afán. En la búsqueda del reino encontraremos esa respuesta que andamos buscando, la solución a ese gran problema, la idea creativa para resolver esa situación en el trabajo o la escuela, o simplemente escuchar la voz de Dios que nos dice qué hacer o decir, o incluso ver cómo Dios toma el control completo de nuestra vida para resolver lo que antes parecía imposible.

Por tanto, no nos afanemos con el día a día, sino que optemos por buscar el reino de Dios y su justicia, y nuestro Padre Celestial añadirá conforme a nuestra necesidad.

El Diezmo y la Ofrenda

El Diezmo y la Ofrenda

En el libro de Malaquías, capítulo 3, verso 10 en adelante, encontramos un texto en el cual Dios nos habla acerca del diezmo y de la ofrenda. Ciertamente este es un texto muy importante para considerar, ya que se habla sobre un canal muy importante de bendición para la iglesia de Dios.

Todo este pasaje de la biblia, nos habla acerca de diezmos y ofrendas. Y hace mención de esto por la importancia que se debe dar a los mismos como parte del pueblo de Dios.

El texto en el verso 10, Dios le dice a su pueblo “Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde” (Malaquías 3:10).

Dios da una instrucción precisa. Nos insta a llevar todos los diezmos al alfolí, de manera que haya provisión en su casa. Y luego invita al mismo pueblo a estar a la expectativa de lo que sucederá después si obedecemos a esta instrucción.

Dios nos dice que abrirá las ventanas de los cielos, y derramará sobre nosotros bendición sobreabundante. Esas bendiciones no se limitan solamente a lo material, sino que también se extienden al plano personal, familiar, y espiritual.

Continúa diciendo en el verso 11, “Reprenderé también por vosotros al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra, ni vuestra vid en el campo será estéril, dice Jehová de los ejércitos” (Malaquías 3:11).

Esta es una afirmación poderosa. Y está allí para que sea tomada por aquellos que no quieren dejar pasar la bendición de Dios para sus vidas. Dios dice que reprenderá al devorador por nosotros; es decir, Dios proveerá protección para nuestra vida, nuestra familia, y no dejará que el devorador atente contra nosotros, ni que destruya aquello por lo que tanto trabajamos. También nos dice que seremos prosperados al eliminar toda “esterilidad”, ya que veremos el fruto de nuestra labor a través de la mano poderosa de Dios.

Y en el verso 12 sigue el texto, “Y todas las naciones os dirán bienaventurados; porque seréis tierra deseable, dice Jehová de los ejércitos” (Malaquías 3:12).

Con esto, Dios nos dice que será evidente nuestra prosperidad, porque los demás verán cómo la mano de Dios opera en nuestras vidas. Y todos verán cómo Dios hace sobreabundar a aquellos que le obedecen a esta instrucción directa de parte de Él.

Dios nos habla claramente sobre llevar el diezmo y la ofrenda al alfolí. Nuestro deber como hijos de Dios es darle a Dios lo que le corresponde. Y Dios en su inmensa gracia, nos devolverá ese mismo fruto multiplicado, porque estaremos contribuyendo con nuestra parte al ensanchamiento del reino de Dios en esta tierra.

Como pueblo de Dios, es importante que apreciemos el gran valor de darle a Dios y a su obra nuestro diezmo y nuestra ofrenda. Dios no se queda con nada, y esto está escrito en su palabra, porque seremos llamados bienaventurados, y nos verán como tierra fértil, tierra deseable.

Cree en el Señor Jesucristo

Cree en el Señor Jesucristo

“Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa.” – Hechos 16:31

En este hermoso relato en la palabra de Dios en Hechos capítulo 16, encontramos la narración de uno de los viajes de Pablo y Silas a Filipos en Macedonia. En él se relata el denuedo de Pablo y Silas en la labor de evangelismo, predicando las buenas nuevas de salvación a todos los necesitados.

Mientras ellos estaban en su labor, estaban expuestos a las persecuciones tal como Jesús lo había dicho a los discípulos antes de partir. Llegaron al punto de estar encarcelados, y ser metidos en el calabozo más profundo, atados de pies para que no pudieran escapar.

Sin embargo, en el verso 25 dice el texto que “a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían”. A pesar de la circunstancia difícil que podían estar pasando, ellos estaban glorificando a Dios en alabanza y oración.

Pablo y Silas estaban llenos del gozo del Señor. Su inspiración para el servicio, la predicación y ministración a los perdidos era notoria por el gran mover de Dios en sus vidas. Su amor a la obra de Dios era tal, que aunque estaban en cadenas y cárceles, ellos siempre mostraban su dedicación a la comisión dada por Jesús. Y para todos era notorio, porque todos podían escucharles alabar a Dios y predicar su palabra en los lugares que visitaban.

Luego, el relato nos cuenta cómo un terremoto sacudió en esa hora la cárcel, de manera que todas las cadenas se soltaron y se abrieron las puertas. El carcelero, quién tenía como encargo que ninguno de ellos se escapara, creía que lo peor había sucedido. Y determinó quitarse la vida porque no había cumplido su propósito.

Pero, Pablo al darse cuenta de esto, le gritó para que no lo hiciera. El carcelero, todavía conmocionado por lo sucedido, entendió que aquello no era casualidad, sino que Dios estaba en medio de la situación. Y procedió a hacer la pregunta: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” (Hechos 16:30)

Y ellos respondieron: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa.” (Hechos 16:31).

Muchos de nosotros avanzamos en esta vida, con el afán en nuestra cabeza de cumplir con el propósito para el cual estamos aquí. En el camino, ignoramos lo más importante: Creer en el Señor Jesucristo, y seremos salvos.

Al tomar esa decisión, nos damos cuenta de que no hay mejor lugar para estar, como estar en la presencia de Dios. El carcelero de la historia “se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios” (Hechos 16:34).

De la misma manera, nosotros podemos escoger entre seguir con el afán del mundo y hacer todo en nuestras propias fuerzas, o creer en el Señor Jesucristo y cumplir con el propósito de Dios en nuestra vida a través de sus fuerzas.

Es tiempo de que nos regocijemos al creerle a Dios, así como lo hizo el carcelero y toda su casa. Dios está esperando que tomemos la decisión de creer en Jesucristo, y recibir el regalo de vida eterna a través de él.

Esta es la oportunidad de tomar la decisión más importante de nuestra vida. Y usted amado lector, ¿ya tomó la decisión de creer en el Señor Jesucristo?

Dios le bendiga.

La Excelencia

La Excelencia

“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”
– Colosenses 3:23

La excelencia es un término que define el talento o característica de que algo que se hace extraordinariamente bueno, algo que excede las normas de lo que se considera ordinario. Es un término que se relaciona con la perfección de un producto o servicio, de manera que sea sobresaliente de entre los demás.

En el libro de Colosenses, la biblia nos habla acerca de nuestro servicio hacia nuestros cónyuges, dentro del hogar, y también dentro de nuestros trabajos. Principalmente, Pablo nos insta que todo lo que hagamos, lo hagamos de todo corazón, como si lo estuviéramos haciendo para el Señor (Colosenses 3:23).

Por tanto, nuestro servicio para el Señor requiere que lo hagamos con excelencia.

Todo servicio que hagamos para Dios, debe hacerse buscando siempre dar lo mejor de nosotros. En nuestro trabajo, se debe reflejar que ponemos todo el ánimo, todas las ganas y la mejor actitud. Nuestro servicio, debe mostrar que hemos puesto todo el empeño para hacer la tarea que se nos ha encomendado.

La excelencia es buscar mejorar cada día en lo que hacemos. Es buscar la perfección en nuestro trabajo, de manera que pueda siempre ser bien recibido, y sea ofrenda agradable para nuestro Señor.

Así como lo dice el texto, debemos hacer las cosas de corazón. Nuestro servicio debe reflejar que hacemos las cosas con amor, tanto para Dios como para nuestro prójimo.

Tal vez en las primeras oportunidades, nuestro trabajo parecerá que necesitará mejorar; puede ser que no nos salga bien a la primera, o incluso en las veces posteriores. Pero, si lo hacemos sinceramente con las ganas de mejorar, buscando corregir lo imperfecto y haciendo el mejor esfuerzo, Dios que conoce nuestro corazón verá la verdadera intención y lo recibirá como un servicio agradable a sus ojos.

La excelencia en el servicio es buscar excederse en la expectativa de lo que se había solicitado originalmente. No es simplemente conformarse a realizar la tarea que se nos ha asignado. Es dar más allá del esfuerzo, dedicación y compromiso que se espera de parte de nosotros.

Hay muchas oportunidades de brindar un servicio con excelencia. Sea en nuestro hogar, a nuestra familia, en la escuela, en el trabajo, en la comunidad, y dentro de la iglesia, nuestra meta debe ser hacerlo de la mejor manera. Todo nuestro servicio se debe hacer con todo el amor de nuestro corazón, como para el Señor.

Un Sueño Grande

Un Sueño Grande

“Y soñó José un sueño, y lo contó a sus hermanos; y ellos llegaron a aborrecerle más todavía. Y él les dijo: Oíd ahora este sueño que he soñado: He aquí que atábamos manojos en medio del campo, y he aquí que mi manojo se levantaba y estaba derecho, y que vuestros manojos estaban alrededor y se inclinaban al mío.”
– Génesis 37:5-7

En la palabra de Dios encontramos en muchas ocasiones que Dios dio revelaciones a su pueblo a través de los sueños. José, el hijo de Jacob (Israel), tenía revelaciones de parte de Dios a través de los sueños, y así mismo también le fue dado el don de interpretación de sueños.

Dios tenía grandes planes para José. Dios le mostró en dos sueños acerca de la situación grande e importante que José viviría muchos años después, y que esto significaría la provisión que Dios tendría para que Israel creciera y se mantuviera en las generaciones posteriores.

Sin embargo, José vivió una experiencia que muchos hombres y mujeres viven cuando tienen un sueño grande: La envidia y rechazo de parte de otras personas.

Cuando Dios provee de un gran sueño a un hijo suyo, es importante conocer que habrá personas alrededor de nosotros que no recibirán con buenos ojos el sueño que Dios nos ha dado. Pero no debe ser motivo de desánimo, porque cuando Dios provee de un sueño a uno de sus hijos, es porque es necesario que el hijo accione sobre ese mensaje/revelación que Dios ha provisto, y Dios le respaldará hasta que logre alcanzar el objetivo y la voluntad de Dios sea cumplida.

El enemigo tratará de intimidar a toda costa, para que no se logren alcanzar los objetivos. Incluso, habrá oposición de tal manera que nos sentiremos agobiados con tanto problema, atraso, contratiempos, o que simplemente las cosas no sea difíciles.

Pero es importante no apartarse de Dios, no dejar de buscar su presencia en cada momento. En Dios encontraremos la fuerza para levantarnos y seguir adelante, no importa cuán grande sea la oposición que el enemigo haya puesto en contra nuestra.

Muchos pueden ser nuestros sueños, para nuestro beneficio, de nuestra familia o de la misma iglesia. Sea terminar sus estudios de la escuela secundaria o la universidad, comprar un carro, comprar una casa, tener un buen trabajo, proveer lo mejor para los hijos, o incluso ensanchar el reino de Dios en la tierra; todo eso puede ser alcanzado si nos mantenemos de la mano con Dios.

José pasó momentos muy difíciles por años, pero siempre mantuvo su mirada puesta en Dios. Años y años pasaron, pero siempre se mantuvo trabajando duro, y sirviendo a Dios con sus oraciones y su fidelidad. Tenía su corazón para Dios. Hasta que un día llegó el momento para el cual Dios lo había estado preparando durante todo ese tiempo.

Dios puso a José en un lugar de autoridad como nadie lo hubiera imaginado. El plan de Dios para José se estaba cumpliendo, tal como Dios lo había revelado cuando José era un muchacho. José asumía un rol importante en la historia, y esto traería salvación para Israel por los años difíciles y prolongados de escasez que vendrían a la tierra.

José soñó lo que Dios haría con él. José se mantuvo firme, y se preparó para cuando el momento llegara. Y aunque tardó años en que todo se realizara, Dios no dejó de la mano a José en todo ese trayecto.

Amado lector, Dios ha puesto sueños en cada uno de nosotros. En el camino habrá oposición para que esos sueños no se cumplan. Pero, es importante que obremos en torno a esos sueños que hemos tenido, de manera que cuando Dios provea de la oportunidad, estemos listos para alcanzar el objetivo, y hacer finalmente realidad eso que Dios ha puesto en nuestro corazón.

Dios bendiga su vida.

Jóvenes Apartados para Dios

Jóvenes Apartados para Dios

“Y el rey habló con ellos, y no fueron hallados entre todos ellos otros como Daniel, Ananías, Misael y Azarías; así, pues, estuvieron delante del rey. En todo asunto de sabiduría e inteligencia que el rey les consultó, los halló diez veces mejores que todos los magos y astrólogos que había en todo su reino.”
– Daniel 1:19-20

En el antiguo testamento, podemos leer en el libro de Daniel acerca de Daniel, Ananías, Misael y Azarías, quienes eran jóvenes de Israel que estaban viviendo en tierra extranjera. Ellos fueron de los hijos de Israel, príncipes del pueblo que eran cautivos en Babilonia durante el reinado de Nabucodonosor.

En la palabra de Dios, se los describe como “hijos de Israel, del linaje real de los príncipes, muchachos en quienes no hubiese tacha alguna, de buen parecer, enseñados en toda sabiduría, sabios en ciencia y de buen entendimiento, e idóneos para estar en el palacio del rey” (Daniel 1:3-4).

Estos muchachos eran realmente ejemplares. No solamente se podrían llamar hijos de Israel (porque posiblemente mantenían todas las costumbres de su pueblo, adorando al Dios Altísimo como sus padres), sino que también tenían características y virtudes que los hicieron idóneos para habitar en el palacio del rey de Babilonia.

Había algo diferente en ellos, en relación a los demás habitantes del palacio real. En la palabra de Dios nos dice que “Daniel propuso en su corazón no contaminarse” (Daniel 1:8). Yendo más allá de no solamente contaminarse con la comida que los demás muchachos y hombres ingerían, Daniel y sus hermanos Israelitas propusieron en su corazón no contaminarse con las costumbres de la gente en Babilonia.

Es muy posible que ellos hubieran visto muchas cosas desagradables entre los muchachos de ese lugar. Como jóvenes de linaje real de Israel, y por su corazón dedicado a Dios, decidieron no seguir las costumbres del lugar donde vivían. Aunque estaban expuestos constantemente a esas situaciones, ellos se mantuvieron firmes en su posición de hijos de Dios, porque había un gran propósito que debían cumplir en esa tierra lejana.

Daniel, Ananías, Misael y Azarías se enfocaron en su preparación académica y como hombres de Dios. Mientras se educaban en las múltiples ciencias, para crecer en conocimiento y sabiduría, nunca dejaron de lado su relación con el Dios Altísimo. En todo momento, su temor a Dios formaba parte fundamental de su vida en Babilonia.

Su vida en Babilonia no fue fácil. Sufrieron señalamientos y persecuciones de parte de aquellos que los envidiaban. Sin embargo, siempre se mantuvieron firmes porque creyeron en el Dios de Israel, y ellos habían dado su corazón a Dios desde muy temprana edad.

Y su fidelidad a Dios les retribuyó en gran manera. Cuando ellos eran presentados al rey, y éste les pedía consejo, ellos eran hallados diez veces mejores que los demás muchachos y consejeros que también participaban de las asambleas en el aposento real.

Ciertamente, la gracia y el favor de Dios eran sobre sus vidas. Su preparación en las ciencias, su sabiduría e inteligencia eran recibidas de buena manera por el rey. Su participación en los asuntos importantes no pasaba desapercibida, más Dios estaba con ellos en lo que hacían y decían cuando hablaban con el rey.

Hay un ejemplo importante que podemos tomar de estos muchachos excepcionales. No contaminaron su corazón con las cosas de este mundo, más ellos conocían su posición en relación al reino de Dios, y en todo momento caminaron diligentemente como hijos del Rey de Reyes y Señor de Señores.

Las Cosas Viejas Pasaron, Ahora son Hechas Nuevas

Las Cosas Viejas Pasaron, Ahora son Hechas Nuevas

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”
– 2 Corintios 5:17

La palabra de Dios nos describe sobre una transformación que tienen las personas cuando deciden seguir a Cristo. Se habla de que las cosas viejas pasaron, y seguidamente habla sobre que son todas las cosas son hechas nuevas. Pero, ¿qué significa todo esto?

Los autores de la segunda carta a los Corintios, hablan sobre un ministerio de la reconciliación. Dios nos reconcilió consigo mismo a través de Cristo (2 Corintios 5:18), de manera que el mundo tuviera una oportunidad de escapar a la paga justa por nuestro pecado: La muerte. Dios nos dio la oportunidad de recibir el regalo de vida eterna a través de Jesucristo.

Cabe resaltar que para lograr esta reconciliación con Dios, se debe recibir a Jesucristo como nuestro único y personal salvador. Esta es la decisión más importante que una persona puede tomar en su vida.

El texto dice “de modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2 Corintios 5:17a). Cuando recibimos a Cristo como nuestro salvador, y lo hacemos Señor de nuestra vida, comienza un proceso de renovación y santificación constante. Y este proceso continuará día con día hasta que llegue la hora que dejemos esta vida terrenal.

Somos transformados a ser una nueva criatura. Un nuevo hombre/mujer nace y dejamos nuestra antigua manera de vivir. Tal como lo dice en el pasaje, “las cosas viejas pasaron” (2 Corintios 5:17b). Toda nuestra naturaleza del viejo hombre queda atrás, y la mejor versión de nosotros es la que se muestra desde ahora en adelante.

“He aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17c). Con Cristo, nuestra mente se despoja de la vana manera de vivir; nuestra mente es cambiada por la mente de Cristo, y nuestros pensamientos se hacen uno con los pensamientos del Padre. En otras palabras, adoptamos la mente de ser Vencedores en Cristo Jesús.

Y ya no nos conformamos a este siglo, ya no nos conformamos a las cosas de este mundo. En nosotros hay una nueva persona que solamente se agrada con las cosas que merecen nuestra completa atención. Esa nueva persona se enfoca en poner la mirada en el reino de Dios.

Lo anterior requiere una decisión importante. El texto nos dice que “de modo que si alguno está en Cristo”. Cuando estamos en Cristo, nos hacemos Cristianos, formamos parte de la familia de Dios, y decidimos seguirlo a él por el camino que nos lleva a la vida eterna. Seguirlo para pasar una eternidad con él.

No importa qué vida de pecado hayamos llevado antes. Todo vicio, delito, adicción, abuso, inmundicia, o mal hábito en el que hayamos caído queda atrás. Porque en su palabra Dios nos dice “las cosas viejas pasaron”. Toda nuestra vida anterior, queda en el pasado.

Dios nos perdona, nos limpia, nos sana, nos levanta, nos restaura, y nos equipa para la nueva forma de vivir. Una vida en santificación constante, hasta que lleguemos a la estatura del varón perfecto: Jesucristo.

Y usted amado lector, ¿ya tomó la decisión de seguir a Cristo? Si aún no lo ha hecho, no espere más, abra su corazón a Dios y deje que Cristo le ayude a dejar su vieja naturaleza.