Aviva el Fuego del Don de Dios

Aviva el Fuego del Don de Dios

“Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos.”
– 2 Timoteo 1:6

Estamos viviendo un tiempo muy hermoso en la iglesia de Dios. Con gozo asistimos a cada reunión, a cada actividad y evento especial. Sobre todo esperamos activamente por ese momento de la presencia de Dios derramada en la iglesia. Y como hijos de Dios vamos con un corazón dispuesto a sumergirnos en esos ríos de agua viva.

Es un momento que hemos visto en nuestras mentes, lo hemos sentido en nuestro ser y lo hemos vivido en muchas ocasiones cuando nos disponemos a que el Espíritu Santo nos llene completamente. Es ese avivamiento que tanto anhelamos, y que vemos manifestado de manera continua en la iglesia.

En este escrito, Pablo le escribe a Timoteo sobre la fe que recuerda haber visto en él, la cual no era fingida. Por ende, podemos ver que Timoteo se gozaba en el Señor, en su presencia, con un corazón genuinamente volcado a recibir lo que Dios había reservado para él.

También, vemos en el texto bíblico sobre Pablo imponiendo sus manos en Timoteo y activando el don de Dios en su vida. “Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos.” (2 Timoteo 1:6).

Cuando Pablo le dijo a Timoteo que avive el fuego del don de Dios que estaba en él, se refería a mantener ese don en actividad, es decir, no dejarlo pasivo, sin uso, sin mostrar frutos. Pablo le aconsejaba que mantuviera viva la llama del fuego de ese don que había sido dado a Timoteo.

De la misma manera, Dios nos alienta en su palabra a que mantengamos viva la llama de ese fuego en nosotros mismos. Nos alienta a que avivemos el fuego del don de Dios en nuestras vidas, de manera que también esos dones fueran manifiestos y evidentes dentro y fuera de la iglesia.

Tenemos numerosas oportunidades para avivar ese fuego en nuestras vidas. Estamos llamados a mantener un avivamiento constante, a hacer uso del don que Dios ha puesto en nosotros.

Por tanto, en cada reunión, en cada actividad dentro de la iglesia, en cada servicio, en la alabanza, en adoración, durante la predicación de la palabra, y en la oración, nuestro deber es avivar el fuego del don de Dios. De esta manera, no contristaremos al Espíritu Santo que está ya en nosotros, sino que por el contrario, se manifestará poderosamente y con autoridad hará que se haga la voluntad del Padre en su iglesia.

Con denuedo, con amor y dominio propio, seremos vasos que serán llenos con la presencia de Dios, y haremos que la voluntad del Padre se haga completamente. Utilizaremos los dones que Dios ha repartido en nosotros.

Avivemos el fuego del don de Dios que está en nosotros, y dispongamos nuestras vidas para que Dios haga su voluntad, para que el propósito de Dios se cumpla en nosotros.

La Familia como Columna de la Iglesia

La Familia como Columna de la Iglesia

La familia es una de los grupos más importantes, si no es que es el más importante, dentro de la iglesia, e incluso para el país. Es la primera institución donde una persona recibe su cuidado, provisión, crianza, e instrucción. Este es el lugar donde el hombre comienza sus primeros pasos en la vida, y desde donde toma los primeros modelos que lo influencian para toda una vida.

Por ello, la importancia de la familia en la formación de hombres y mujeres de bien para una comunidad, para un país, para toda la región. Y cuánto más valor si dentro de esa familia existe el fundamento de un hogar centrado en Dios, fundamentado en la ROCA, CRISTO JESÚS.

En el hogar, tenemos a la familia que Dios escogió para nosotros, nuestro padre, madre y hermanos biológicos. En la iglesia, tenemos a otra familia, es decir, la gran familia en Cristo. En esta familia, tenemos a nuestro Padre Celestial, y tenemos a nuestros hermanos espirituales, todos aquellos que han aceptado y recibido a Jesucristo como único y personal salvador.

“Respondiendo él al que le decía esto, dijo: ¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre.” (Mateo 12:48-50)

Dentro de nuestro hogar, en nuestra familia, debe existir la armonía, el amor, la paz, el gozo, la unidad, el respeto, la honra, la obediencia, y el servicio. También, debe existir la lectura de la palabra de Dios y la oración como elementos básicos en la formación cristiana. Estas son enseñanzas que encontramos a lo largo de la palabra de Dios.

Tanto padres como hijos deben cumplir con los roles que a cada uno le corresponden. “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra. Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor.” (Efesios 6:1-4)

Un hogar cristiano debe estar fundamentado en las escrituras, en la palabra de Dios. Al poner en práctica lo que la palabra de Dios dice, veremos cómo todas las cosas saldrán bien, haremos prosperar nuestro camino y seremos prosperados en lo que nos propongamos a hacer (Josué 1:8). Los padres tendrán el fundamento para adquirir sabiduría de Dios, y los hijos serán formados en la instrucción que Dios requiere sea dada a ellos desde pequeños.

“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.” (Deuteronomio 6:6-7)

Accionando sobre la palabra de Dios, haremos que la voluntad perfecta de Dios sea una realidad en nuestro hogar, en la iglesia, en nuestra familia.

¡Gloria a Dios por nuestras familias! Dios bendiga abundantemente cada uno de nuestros hogares. Amén.

La Honra a Dios

La Honra a Dios

La honra a Dios es una de las enseñanzas más importantes que un cristiano puede recibir en su vida en Cristo. Es una de las prioridades que todo hijo de Dios debe tener en primer lugar, y por ende es algo que no se puede ignorar ni manejar ligeramente.

Honrar a una persona se puede definir como mostrar respeto, admiración, consideración, alta estima a esa persona. En ocasiones esta muestra de respeto y consideración se puede hacer en público.

En el libro de 1 Samuel, capítulo 2, vemos la historia de Elí y los hijos de este sacerdote. En el verso 30 de dicho capítulo, Dios pronuncia unas palabras muy importantes: “porque yo honraré a los que me honran”. Dado el contexto, hay mucho que analizar en dicho capítulo, pero no se hará en esta oportunidad.

Dios le dijo a Elí acerca de la honra que deben tener los hombres, y cómo él mismo honraría de regreso a aquellos que mostraran ese sentimiento hacia Dios.

La honra a Dios se puede realizar de diferentes maneras. La honra puede incluir:
• La oración
• Lectura de la palabra de Dios
• La alabanza
• La adoración
• El ayuno
• Diezmos y ofrendas
• Servicio dentro de la iglesia
• Evangelizar al necesitado

Estas solamente son algunas maneras de cómo honrar a Dios. Pero lo más importante al hacerlo, es honrar a Dios de todo corazón. Porque Dios conoce nuestro corazón, nuestras intenciones. Por ello, al honrarlo debemos desearlo, de manera que esa honra suba como olor fragante ante él.

Y Dios honrará de regreso también. Cuando nos proponemos de todo corazón a honrar a Dios como él desea, él mantendrá su palabra, y honrará a aquellos que le honren.

Cuando nosotros como hijos de Dios honramos a nuestro padre celestial, veremos cómo él nos honra no solamente en la medida que nosotros lo hemos hecho, sino que multiplicado muchas veces y maneras que posiblemente ni hayamos imaginado.

Dios recompensará a todo aquel que le honre de corazón, porque él se complace en bendecir a aquellos que bendicen su nombre. ¡Cuánto más honrará a todos aquellos que se buscan honrarle a él!

Por tanto, nuestra prioridad debe ser honrar a Dios en todo momento, en todo tiempo, en todo lugar y de todo corazón. Dar honra y gloria por quién es él, y bendecir su nombre por siempre.

Vida Eterna en Cristo Jesús

Vida Eterna en Cristo Jesús

En el libro de Romanos, en el capítulo 6, verso 23, el autor del libro nos hace ver en un solo verso, un mensaje muy importante. El texto dice lo siguiente:

“Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.”
– Romanos 6:23

Claramente el verso nos dice en su primera parte que la paga del pecado es muerte. En otras palabras, el hombre al pecar, tendrá como recompensa la muerte; y la muerte que se menciona en este escrito no se refiere solamente dejar la vida de este mundo, sino a una eterna separación de Dios.

El pecado es ir en contra de la voluntad de Dios para nuestras vidas. Es hacer algo que no vaya en concordancia a la voluntad de Dios, a sus mandamientos, y sujeción a la palabra de Dios. El pecado es infracción de la ley (1 Juan 3:4). El pecado es estar en desobediencia a lo que Dios nos ha mandado a hacer.

Por nuestra naturaleza como humanos, estamos propensos a cometer pecado. Estamos expuestos a caer ante la desobediencia, las tentaciones que ofrece este mundo, a faltar a los mandamientos de Dios, a cometer infracciones en contra de la ley de Dios. Y según este verso, nuestra paga segura es la muerte: una condenación a estar separados eternamente de Dios.

Las buenas nuevas son que sí hay oportunidad para todos nosotros. Esta oportunidad es recibir el regalo de Dios que es vida eterna en Cristo Jesús.

La segunda parte del verso dice “más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). Esto es el mejor regalo que un hombre puede recibir; se trata de la oportunidad que Dios nos ha dado a través de su hijo Jesucristo para que no estemos separados de él, sino que este por una eternidad con él.

Vida eterna se refiere a ir más allá de la vida en este mundo. Es pasar de esta vida terrenal, a pasar en la presencia gloriosa de nuestro padre celestial, por los siglos de los siglos, por siempre y para siempre.

Para lograr esto, no es algo que ganamos por mérito propio, sino que es un regalo de Dios, es la dádiva de Dios para todo aquel que crea en su hijo. Esta vida eterna está en creer en Jesús, creer que él es el Cristo, nuestro salvador, y recibirlo en nuestro corazón, y confesarlo con nuestra boca (Romanos 10:9-10).

Recibir esta vida eterna requiere que aceptemos a Jesucristo como nuestro salvador y le recibamos en nuestro corazón como el Señor de nuestra vida.

Esta es la gracia de Dios que es sobreabundante en nuestra vida; no se trata de ganarnos la salvación con trabajo, ni mérito propio. Es tan sencillo como recibir el regalo que Dios quiere dar a la humanidad.

¿Te has preguntado si estarás separado de Dios, o si estarás con él por la eternidad? La respuesta está en recibir el regalo de vida eterna en Cristo Jesús, en hacerlo Señor nuestro.

Jesús es la Luz del Mundo

Jesús es la Luz del Mundo

“Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.”
– Juan 8:12

Todos necesitamos de Jesús en nuestra vida. Esta es una verdad que no puede ser escondida, sino que por el contrario, debe ser predicada en cada rincón del mundo.

La razón es porque no hay otro camino para llegar al Padre, sino es a través de Jesús. Dios dio a su hijo unigénito para que en él encontráramos vida eterna; para que no nos perdiéramos, sino que tuviéramos la forma de poder tener salvación de nuestro pecado, fuéramos limpiados y pudiéramos estar una eternidad en la presencia de Dios.

Antes de Jesús, nuestra vida está sumergida en la oscuridad. Sin Jesús nos debatimos entre multitudes de pensamientos y doctrinas, y siempre estaremos con la duda de si realmente conocemos la verdad.

Puede que el mundo nos muestre que estamos bien, que solamente debemos portarnos como buenas personas haciendo buenas obras, y que Dios nos dará entrada al cielo solo por hacer el bien. Otros nos dicen que hay diferentes caminos, que adoremos al dios que nosotros creamos, y todo estará bien. Algunos otros incluso nos enseñan que no hay Dios, no hay vida más allá de este mundo, y que esta vida se debe disfrutar al máximo.

Lo lamentable es que esto nos lleva a que pensemos que solamente con hacer el bien alcanzaremos esa recompensa de ir al cielo. Y en muchas ocasiones ni siquiera hacemos el bien; nos dejamos llevar por nuestra naturaleza pecaminosa, y nos mezclamos con las cosas de este mundo, satisfaciendo solamente los deseos de la carne de manera momentánea. Y después de esa satisfacción temporal, nos encontramos nuevamente en las tinieblas, con un gran vacío en nuestro corazón.

Pero no debemos permanecer en las tinieblas, porque Dios ha puesto su luz en nosotros. Tenemos acceso a que la gloria de Dios brille en nuestras vidas.

Jesús nos dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” (Juan 8:12).

Esta es la salida para salir de esa oscuridad. Debemos seguir a Jesús, la luz del mundo, y ya no estaremos más en tinieblas. Al seguir a Jesús, haremos que su luz brille en nosotros, y las tinieblas ya no tendrán parte con nosotros, porque la gloriosa luz de Jesús iluminará completamente nuestra vida.

La luz erradica las tinieblas. Jesús, siendo la luz del mundo, es la respuesta para erradicar las tinieblas que gobiernan el mundo en que vivimos.

El primer paso es tomar la decisión más importante de nuestras vidas: Aceptar a Jesús como nuestro único y personal salvador, y hacerlo Señor de nuestra vida. Esta decisión hará que su luz comience a brillar en nosotros.

Al aceptar a Jesús, también haremos que esa luz pueda brillar en otras personas. Porque al recibir a Jesús en nuestra vida, Dios nos da la potestad de ser hijos suyos. Y la misma luz de Jesús brillará en nuestras vidas, siendo luz para el mundo tal como Jesucristo lo es (Mateo 5:16).

Es necesario que tomemos la decisión de ser luz para las naciones, creyendo en el Señor Jesucristo, y haciendo que su luz brille en nosotros.

Jesús es la luz del mundo.

El Éxito

El Éxito

A lo largo de nuestra vida, sumergidos en un mundo lleno de desafíos y del afán diario, estamos en una búsqueda constante por alcanzar el éxito. Por las exigencias del mundo actual, nos ponemos metas cada vez más altas, y ponemos nuestro esfuerzo y enfoque en lograr alcanzar esos propósitos de la mejor manera posible.

Según los diccionarios, la palabra éxito significa alcanzar un resultado satisfactorio luego de realizar alguna acción. El éxito es la consecuencia acertada al realizar una tarea, tareas o emprendimiento. Esta situación la asociamos generalmente con dinero, fama, prosperidad, felicidad, satisfacción y realización personal.

Sin embargo, podemos ver el éxito aún más allá de los ojos cómo lo ve el mundo.

En el libro de Josué, capítulo 1, Dios le dio instrucciones a Josué, y le animó a seguir adelante como un hombre esforzado y valiente. En el verso 8, Dios enfatizó algo que debemos tomar muy en cuenta para nuestras propias vidas: “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien.”

Dios nos manda a que tomemos una considerable parte de nuestro tiempo, para enfocarnos en leer, aprender y meditar sobre la palabra de Dios. Así como mandó a Josué, Dios nos manda a que cuidemos en hacer conforme está escrito en su palabra, y nuestro camino será prosperado, y todo nos saldrá bien.

Claramente, Dios nos dice que debemos tener la palabra en nuestra mente y corazón. Debemos llevarla con nosotros en todo momento, meditar en ella y hacer conforme está escrito en ella. Este es el camino que Dios nos muestra para que podamos tener la vida que hemos querido.

Este mandamiento nos lleva a una definición de éxito donde no buscamos solamente lo que este mundo nos ofrece, sino que nos lleva a que como hijos de Dios escudriñemos su palabra y la apliquemos en nuestra vida. En la palabra de Dios encontraremos su voluntad para nuestra vida, la cual es siempre buena, agradable y perfecta.

Como hijos de Dios, nuestro éxito está en hacer la voluntad de Dios para nuestra vida en esta tierra.

Su voluntad va más allá de solamente obtener dinero, bienes materiales y un buen trabajo para sentirnos exitosos. Porque no se trata de afanarnos con estas cosas, sino enfocarnos en buscar primeramente el reino de Dios y su justicia (Mateo 6:33), y nuestro Padre celestial proveerá abundantemente para suplir nuestras necesidades. Nuestro enfoque debe estar en Dios, es buscar constantemente de su presencia y hacer cumplir su voluntad.

Es importante que tengamos proyectos para nuestra vida, que nos fijemos metas que nos mantengan constantemente trabajando para alcanzarlas. Estas metas pueden incluir terminar nuestros estudios profesionales, comprar casa y carro para nuestra familia, proveer vestido y alimento para los nuestros, encontrar el trabajo que Dios tiene para nosotros, o poner la empresa que Dios puso en nuestros sueños para hacerla una realidad, entre muchas otras metas. Pero sobre todo, debemos buscar el reino de Dios, su justicia, hacer la voluntad del Padre, y Dios suplirá para todas estas metas y mucho más allá de lo que podamos imaginar.

Siendo hijos de Dios, debemos trabajar con el enfoque en Dios, en entender su voluntad para nuestra vida, y no perder ni siquiera un segundo en hacer que su voluntad sea haga conforme Él lo ha definido.

Los propósitos de Dios para nosotros como hijos son grandes. Es fácil entender el porqué de esto: Nosotros valemos la sangre de Cristo. Fuimos comprados a precio de sangre, y por ende no somos cualquier cosa. Y Cristo no hubiera dado su sangre si no tuviéramos un propósito grande para cumplir con nuestras vidas.

Como hijos de Dios, debemos planificar los proyectos para nuestra vida, todo alrededor de la voluntad de Dios. Al cumplir con la voluntad de Dios, veremos cómo Dios nos sorprenderá al suplir para cada necesidad. Dios suplirá para todas nuestras necesidades conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús (Filipenses 4:19).

Así Dios se glorificará en nosotros, y veremos el éxito alcanzado en nuestras vidas, todo para honra y gloria de Dios.

Acción de Gracias

Acción de Gracias

“Entrad por sus puertas con acción de gracias,
Por sus atrios con alabanza;
Alabadle, bendecid su nombre.”

– Salmos 100:4

Un corazón agradecido siempre tiene algo que dar. Y por otro lado, alguien que no valora a las personas alrededor o lo que tiene, no tiene nada que dar. Dios nos ha dado todo, y el agradecimiento hace que nosotros podamos darle a Él alabanzas. El agradecimiento hace que florezca la alabanza como algo natural cuando nos acercamos a Su Presencia.

Un corazón agradecido tiene espacio para ayudar a otros. Hay diferentes maneras de afrontar la vida: una es enfocándonos en lo que no tenemos y la otra es vivir agradecidos por lo que tenemos. Si nos enfocamos en lo que no tenemos, estaremos viendo el lado negativo de las cosas; de ahí surge el egoísmo, la envidia, la apatía y la tristeza; esto se da pues el enfoque está solo en lo que carecemos, como quien ve dentro de un pozo vacío; la mirada está demasiado ocupada en el “yo” que no tiene tiempo para sentir empatía por los demás. Un corazón agradecido no se enfoca solo en eso; tiene la capacidad para ver alrededor y apreciar la vida, las personas, las situaciones y las cosas. Un corazón agradecido tiene la capacidad de valorar lo que encuentra alrededor y, por ende, sabe lo que significa cuando otra persona no lo tiene, por lo que se dispone a ayudar en lo que puede.

¿Qué pasa cuando hay situaciones que no comprendemos o situaciones de desánimo? Alza tus ojos y ve a tu alrededor; quita el enfoque de aquello que no te llena y comienza a contar tus bendiciones. Aún en los días más difíciles, el Señor envía alguien con una sonrisa, con un detalle; te regala un cielo pintado con los colores de atardecer, y te da una oportunidad más para vivir. Cuenta esos regalos que Dios te ha dado y entra por sus puertas con acción de gracias.

Y finalmente, el agradecimiento trae salvación. Cuenta la Palabra que en Lucas 17:11 que diez leprosos vinieron a Jesús y fueron limpiados, pero solo uno regresó a dar gracias:
13 y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!
14 Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados.
15 Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz,
16 y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano.
17 Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?
18 ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?
19 Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado.

Ese corazón agradecido, provocó que Jesús le dijera: “Tu fe te ha salvado.” Notemos que no solo fue sanado, fue salvado. Más que la limpieza exterior, obtuvo una limpieza interior en Cristo Jesús. Dios no desprecia un corazón contrito y humillado delante de Él, un corazón dispuesto a tomar un tiempo para dar gracias. Si aún no aceptas a Jesús, recuerda que Él no te exige nada más que un corazón dispuesto a recibirle y con la voluntad de confesarle como Tu Señor y Salvador. Un corazón agradecido no tiene dificultad en expresarle esa gratitud al Señor y honrarle. Nuestra esperanza es que muchos digan “Gracias Jesús,” sabiendo con fe que el Maestro responderá “Tu Fe te ha salvado.”

Jesús: Camino, Verdad y Vida

Jesús: Camino, Verdad y Vida

“Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”
– Juan 14:6

En el libro de Juan, capítulo 14, vemos a Jesús revelando de manera explícita a los discípulos acerca de su identidad como Señor y Salvador. En esta recopilación de los momentos especiales de la última cena, los discípulos conocieron de la unidad de Jesús con el Padre, y que solamente en Jesús está la salvación y vida eterna.

En el escrito, podemos ver cómo los discípulos de Jesús le preguntaban acerca del Padre. Jesús les hablaba acerca de que él debía irse, y dónde él iría ellos no podrían acompañarlo. Era necesario que Jesús completara la obra para la cual el Padre lo había enviado a esta tierra.

Jesús les dijo que no se turbara su corazón, y que creyeran en él así como creían en el Padre (Juan 14:1). Esos han de haber sido momentos difíciles para ellos, ya que era el momento donde se tendrían que pasar de la transición de tener al Maestro con ellos, y luego pasar a guiar a miles de personas hacia el evangelio de Jesús.

Los discípulos habían aprendido mucho sobre las enseñanzas de Jesús, y ellos tenían el privilegio de que el mismo Maestro les explicara sobre las parábolas con las que predicaba en todas partes. Pero, posiblemente en tres años no se podía haber entendido todo. Este momento era un momento especial, donde Jesús les reafirmaba acerca del camino a seguir.

Tomás preguntó: “Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo pues podemos saber el camino?” (Juan 14:5). Tal vez, Tomás estaba preguntando sobre un camino terrenal, por cual ellos pudieran seguir a Jesús donde fuera que él tenía que ir. Sin embargo, Jesús aclaró sobre uno de los temas más importantes que podemos aprender como cristianos.

“Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). Jesús les afirmó sobre el punto central sobre el cual basamos nuestra fé cristiana: Sin Jesús, no podemos llegar al Padre; sin Jesús, no podemos tener salvación; sin Jesús, no podremos acceder al regalo de vida eterna que Dios ha provisto a través de él. Porque Jesús es el camino, Jesús es la verdad, y Jesús es la vida.

Jesús es el camino, y no hay otro camino que podamos seguir para poder llegar al Padre. Debemos seguirlo él, porque el mismo es el camino que nos llevará a conquistar este mundo, nuestra naturaleza humana, y lograr llegar al Padre.

Jesús es la verdad. “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (Juan 1:1), y luego continúa “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y verdad.” (Juan 1:14). La Palabra de Dios, el Verbo, ha sido desde siempre, y esa palabra fue hecha carne; su nombre es Jesús. Y la Palabra de Dios es la verdad, porque no hay mentira en él. Por ello en el texto se describe que era lleno de gracia y verdad, porque Jesús es la verdad.

Jesús es la vida. Sin Jesús, no podemos tener vida. Él vino a dar su vida por nosotros, así como el buen pastor da su vida por las ovejas; y dio su vida para que en él nosotros pudiéramos tener vida. No se refiere a la vida de este mundo, sino a la vida eterna que solamente Jesucristo da. Jesús vino a darnos vida, y vida en abundancia (Juan 10:7-18).

Este pasaje bíblico tiene mucho que enseñarnos; pero lo más importante es tomar estas palabras y hacerlas parte de nuestra vida. Hacer de Jesús el camino que debemos seguir, conocer sobre la verdad que nos hace libres, y recibir de esa vida que solamente Jesucristo da.

Y usted amado lector, ¿sigue a Jesús, y lo ha recibido como su Señor y Salvador?

Dios le bendiga.

Somos Luz

Somos Luz

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.”
– Mateo 5:16

Jesús nos dijo que somos luz en este mundo. Y también nos dijo que nuestra luz alumbre delante de los hombres, de manera que las obras que hagamos sean vistas, y glorificarán estas obras a nuestro Padre celestial.

Pero, ¿cuál es la implicación de que seamos luz y que alumbremos a los demás?

Con esta afirmación, Jesús se refería a que en nosotros está la misma luz con la que él mismo alumbraba. Y es que Jesús, siendo Hijo de Dios, alumbraba con luz de Dios, ya que Dios es luz: “Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1 Juan 1:5).

El mismo Espíritu que estaba en Jesús, ahora está en nosotros. Por ello Jesús ascendió a los cielos, para que el Espíritu Santo bajara y morara en aquellos que le recibieron.

Jesús nos afirmó algo que es muy poderoso. En ese mensaje, Jesús nos dijo: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mateo 5:14a). Esa misma luz de Dios, a través de la gloriosa presencia del Espíritu Santo, es la que ahora está en nosotros y por ello somos luz en este mundo así como Cristo es la luz que alumbra en nuestra vida.

Al ser luz en este mundo, no podemos esconder esa luz, sino que por lo contrario, debemos hacer que alumbre a todo lugar que vayamos. “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa” (Mateo 5:14,15).

La luz de Dios que está en nosotros debe ser reflejada en todo lugar. Como hijos de Dios, estamos llamados a alumbrar en todo lugar con esa misma luz, de manera que el Padre sea glorificado por nosotros y nuestras obras. Nuestra luz debe alumbrar en todo momento; somos como un faro que debe alumbrar en el camino a las demás personas, mostrando en nosotros la semejanza con nuestro Padre celestial, y el necesitado pueda encontrar su salvación por nuestra luz.

Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él (1 Juan 1:5). Y si la luz de Dios, es esa misma luz que se alumbra a través nuestro, tampoco habrán tinieblas que se opongan a esa luz de Dios en nosotros.

Como luz del mundo, es nuestro deber alumbrar con esa luz a las demás personas, y por nuestras obras seamos conocidos, de manera que sea glorificado nuestro Padre que está en los cielos. Es nuestra asignación ser luz donde quiera que vayamos. Y al estar en nosotros la luz de Dios, tomaremos posesión de todo lugar que haya estado en tinieblas, porque toda tiniebla retrocederá y no tendrán parte donde estén los hijos de Dios alumbrando con su luz.

Sean conocidas nuestras obras, para honra y gloria de nuestro Padre celestial. Y como Jesús nos mandó, debemos ser luz en este mundo que alumbrará donde quiera que estemos. Brille la luz de Cristo como estrella radiante en nuestras vidas, que sea como la luz que necesitarán muchos para salir de la oscuridad en la que han permanecido. Por gracia y favor de Dios, la luz de Cristo alumbre en nuestras vidas desde ahora y por toda la eternidad.

Hijos de Dios

Hijos de Dios

“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios;”
– 1 Juan 3:1a

El amor de Dios ha sido manifiesto en este mundo, por la obra grande y maravillosa que nuestro Padre celestial ha hecho por los siglos para con nosotros. Durante las diferentes edades y generaciones del hombre, hemos visto cómo siempre el amor de Dios está presente en cada etapa de nuestras vidas. Tanto nuestros antepasados como nosotros mismos lo hemos visto, así como nuestras futuras generaciones también serán testigos del amor de Dios en sus vidas.

El Padre siempre ha demostrado su amor. Durante toda la historia hemos visto a Dios manifestando su gran amor y misericordia hacia la humanidad. Y aún más claro fue demostrado esto cuando envió a su Hijo unigénito, para que muriera por nosotros, por nuestros pecados, y comprara nuestra salvación al invaluable precio de su propia sangre.

Es por esta obra de sacrificio en la cruz, que nosotros fuimos también crucificados. Y allí quedó nuestra vieja naturaleza. Pero fuimos levantados junto con él en la resurrección, y por haber creído en él, Jesucristo, y recibirle a él como único y personal salvador, es que ahora somos llamados también hijos de Dios.

Como lo apunta el autor de esta epístola, 1 Juan 3:1 en la primera parte del verso: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios”. Esta justicia no ha sido ganada por nuestra propia obra, sino por la obra de Jesús para lograr la salvación para nosotros. Jesucristo nos justificó porque fuimos lavados y limpiados con su sangre.

Pero como hijos de Dios, se debe manifestar nuestra herencia de hijos en nuestra vida diaria. Al ser semejantes a Dios, como hijos, debemos reflejar al Padre en nuestra vida. Y siendo el puro, también debemos buscar purificarnos a nosotros mismos, por la obra del Espíritu Santo en nuestra vida. “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:3).

Esta purificación conlleva a buscar permanecer en él en todo momento. Y al permanecer en él, lograremos vencer a la vida de pecado que antes nos condenaba. “Todo aquel que permanece en él, no peca” (1 Juan 3:6), y “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios” (1 Juan 3:9).

También, como hijos de Dios, estamos llamados a practicar la justicia y el amor a nuestros hermanos. A diferencia de los hijos del diablo, debemos hacer manifiestas nuestras obras, por las cuales los demás podrán ver que somos hijos de Dios. “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: Todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios. Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros” (1 Juan 3:10,11).

Como hijos de Dios, estamos llamados a guardar sus mandamientos, y mostrar el amor del Padre como hijos que somos. “Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado” (1 Juan 3:23).

Por tanto, al permanecer en el Padre como hijos, el amor de Dios se manifestará a través de nosotros, y los demás podrán también recibir de ese amor de Padre, el amor de Dios hacia todo aquel que necesita de su presencia. Siendo hijos de Dios, estamos llamados a amarnos unos a otros, como Dios nos amó desde un inicio.