Aviva el Fuego del Don de Dios

“Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos.”
– 2 Timoteo 1:6

Estamos viviendo un tiempo muy hermoso en la iglesia de Dios. Con gozo asistimos a cada reunión, a cada actividad y evento especial. Sobre todo esperamos activamente por ese momento de la presencia de Dios derramada en la iglesia. Y como hijos de Dios vamos con un corazón dispuesto a sumergirnos en esos ríos de agua viva.

Es un momento que hemos visto en nuestras mentes, lo hemos sentido en nuestro ser y lo hemos vivido en muchas ocasiones cuando nos disponemos a que el Espíritu Santo nos llene completamente. Es ese avivamiento que tanto anhelamos, y que vemos manifestado de manera continua en la iglesia.

En este escrito, Pablo le escribe a Timoteo sobre la fe que recuerda haber visto en él, la cual no era fingida. Por ende, podemos ver que Timoteo se gozaba en el Señor, en su presencia, con un corazón genuinamente volcado a recibir lo que Dios había reservado para él.

También, vemos en el texto bíblico sobre Pablo imponiendo sus manos en Timoteo y activando el don de Dios en su vida. “Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos.” (2 Timoteo 1:6).

Cuando Pablo le dijo a Timoteo que avive el fuego del don de Dios que estaba en él, se refería a mantener ese don en actividad, es decir, no dejarlo pasivo, sin uso, sin mostrar frutos. Pablo le aconsejaba que mantuviera viva la llama del fuego de ese don que había sido dado a Timoteo.

De la misma manera, Dios nos alienta en su palabra a que mantengamos viva la llama de ese fuego en nosotros mismos. Nos alienta a que avivemos el fuego del don de Dios en nuestras vidas, de manera que también esos dones fueran manifiestos y evidentes dentro y fuera de la iglesia.

Tenemos numerosas oportunidades para avivar ese fuego en nuestras vidas. Estamos llamados a mantener un avivamiento constante, a hacer uso del don que Dios ha puesto en nosotros.

Por tanto, en cada reunión, en cada actividad dentro de la iglesia, en cada servicio, en la alabanza, en adoración, durante la predicación de la palabra, y en la oración, nuestro deber es avivar el fuego del don de Dios. De esta manera, no contristaremos al Espíritu Santo que está ya en nosotros, sino que por el contrario, se manifestará poderosamente y con autoridad hará que se haga la voluntad del Padre en su iglesia.

Con denuedo, con amor y dominio propio, seremos vasos que serán llenos con la presencia de Dios, y haremos que la voluntad del Padre se haga completamente. Utilizaremos los dones que Dios ha repartido en nosotros.

Avivemos el fuego del don de Dios que está en nosotros, y dispongamos nuestras vidas para que Dios haga su voluntad, para que el propósito de Dios se cumpla en nosotros.

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